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La razón de los amantes

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Si los amantes fueran racionales no existiría literatura amorosa. ¿Tendrá algo de racional embarcar a una nación en una guerra para ir a rescatar a Helena a Troya?

De los cuentos de Pablo Simonetti habló Bolaño. Y habló bien. Y de su primera novela, Madre que estás en los cielos, habló Skármeta y Jaime Bayly. Ambos bien. Yo ni siquiera la había oído mencionar. Durante una convalecencia quirúrgica una amiga llegó a mi casa con libros para el enfermo. Uno de ellos era la novela, publicada en el 2007, La razón de los amantes. Va en seis ediciones.

Tiene un epígrafe de Graham Green. En la última frase se pregunta: ¿son razonables los amantes? La novela se dedica a reseñar la falta de razón que asiste a un matrimonio que conoce a un hombre, del cual ambos quedan prendados. Un bisexual que dirige un periódico virtual. El hombre elige al marido que al final se suicida. Un culebrón nefasto con un esquince narrativo que destila regusto homosexual a la manera de una venganza pintoresca contra las mujeres. Un texto soluble para una convalecencia. Emana esos mismos aromas fatídicos de las historias de  Almodóvar.

El valor de la novela, más allá de la trama triangular que se desenvuelve a finales de 1999, cuando los chilenos eligieron a la presidencia a Ricardo Lagos, son los tres retratos, Manuel, Diego y Laura.

Manuel: hijo de la clase media alta, educación privada de élite, trabaja de financiero en un Banco. Se enamora de Diego, sin más. Progresista, vota a Lagos. Asiste el mitin la noche de la elección. En un acto amoroso hace que el Banco le amplíe el crédito a Diego de manera irregular. Es un personaje bueno, consecuente. El conflicto entre el bien y el mal y el desamor lo llevan a la muerte. Un personaje romántico de la cultura urbana.

Diego. Clase media alta. Abogado. Bisexual. Se arriesga en el negocio de la prensa virtual. Es un hombre que no se enamora. Mientras el narrador lo va presentando pensé en Bayly. Pero a medida que transcurre la novela se difumina, pierde cualquier gracia, cualquier encanto, no dice nada. ¿De quién se enamoró Manuel? Es un engendro práctico, una caricatura estilizada de sí mismo.  

Laura: Clase media. Editora de libros. Arribista hasta la nausea. Sin aceptar su insignificancia insiste en hacerse reconocer.  Necesita ser alguien para alguien. Tiene un matrimonio aburrido, sin adrenalina, convencional, hipócrita, sin rastro de humor, de conversación inteligente. Por hacerse reconocer  seduce a Diego, que la desprecia profundamente. Carece de cualquier encanto. Es la porquería de la novela, no puede ser fiel a su marido, no puede serle fiel a su amante, tampoco a ella misma. ¿De quién se enamoró Manuel?

El narrador es ultraominisciente. De una omnisciencia psicológica absurda que hostiga con la revelación. Suple demasiado con su palabra devoradora  la acción de los personajes entre sí, cuando más se revelan. Simonetti escribe como escribiría Henry James hoy. Desde adentro de los personajes. Tan de adentro, que a veces se sale.  

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