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“Golpe de estadio”

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Si el tiempo que se come un tema en los noticieros es indicador de importancia, el futbol es para los colombianos más importante que las conversaciones de paz. Lo que no debe extrañar, quién no prefiere los goles de Falcao en la cancha, que los goles en una mesa de pino en Oslo.

La unidad nacional se hace con el futbol. Solo en una película, como la de Sergio Cabrera – Golpe de estadio - , ocurre que guerrilleros y policías se sienten a ver un partido. Es ficción, pero qué bueno que un día ocurriera. Que los combatientes soltaran los fusiles y fueran a jugar al futbol, que se levantaran cuadriláteros en todo el país para que subieran con guantes a sellar la paz.

La idea de las comunidades indígenas en el Cauca, de que los actores del conflicto desalojen el escenario étnico, no es tan despreciable como creen los políticos. Para que haya guerra se necesitan al menos dos. No escapa en tal lógica y en medio del conflicto, que el problema siempre sea el tercero. El negocio. De ser consecuentes las partes, la discusión del punto de la agenda sobre narcotráfico, debería producir una declaración conjunta que propendiera por explorar el camino de la legalización, como lo expuso Santos en Londres.

Al rastrear el tráfico de mensajes en las redes sociales sobre del partido Colombia-Chile, el martes en Santiago – no sé si en el mismo estadio donde los militares asesinaron a Víctor Jara – se observa el mismo efecto de la radio y la televisión. La noticia es el futbol. Y lo seguirá siendo durante las eliminatorias, y lo será más, si Colombia clasifica al mundial. Tendremos una agenda noticiosa de un año, que atraerá la atención de la opinión pública con una visceralidad, una fuerza y una feliz irresponsabilidad,  mucho más unitaria que la que la que deberían despertar las conversaciones. Apenas natural, y deseablemente mucho más prolongadas.

La discreción en torno a las conversaciones, es todo lo contario a la mega publicidad del futbol. La estrategia en ambos casos es secreta. Aunque sea más fácil adivinar la de Pekerman, que la de Santos o la de Timochenko. Lo común  a todos, es que quieran ganar.

En la película de Cabrera, una empresa petrolera norteamericana ha instalado un campamento en un caserío en Colombia,  bautizado Nuevo Texas. Con ese nombre, se convierte en objetivo militar de la guerrilla, que sostiene enfrentamientos con policía  de la zona, hasta que las eliminatorias  al mundial de fútbol de Estados Unidos 1994, los reúne frente al único televisor del poblado a ver el encuentro entre Colombia y Argentina.

¿Qué tal Marcos Calarcá y el General Mora Rangel saltando a la par por un gol de la selección?  ¿O la viuda de Don Manuel abrazada celebrando con Frank Pearl? El futbol es el olvido de la guerra. Y si solo en la ficción hemos visto a los unos y a los otros celebrando, es porque en la realidad ni los unos ni los otros se han tomado todavía en serio el asunto de la paz.

¿Nos serviría un empate en Oslo?

 

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