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Bansky: el terrorista del arte

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El Museo Británico exhibió en Abril del 2005 en la sala 41 un fragmento de piedra datado de 38.000 años con la figura de un hombre esgrimiendo una lanza en pos de un bisonte. Varios días después, Bansky a través de Internet y en versión que el Daily Telegraph recogió, hizo saber que la piedra era falsa. Nadie en el museo, ni los curadores, ni los antropólogos, ni las autoridades del museo, ni los cientos de espectadores, se habían percatado que en la pieza hay dibujado un carrito de supermercado. El Museo retiró inmediatamente la pieza reconociendo que es una falsificación. En el revés encontraron la siguiente inscripción: “Hombre primitivo camino al supermercado” escrito en inglés. Lo que se sabe del artista es que se llama Robert Bansky y vive en Bristol. Tiene a su cuenta varias órdenes de captura por donar sus obras de manera no oficial a las salas de los museos. También lo ha hecho en la Galería Tate. Al Museo de Brooklyn, en New York, le donó subrepticiamente una lata de sopa de tomate como las de Andy. Al metropolitano de Arte, un escarabajo armado con misiles y antena parabólica, al museo de Arte Moderno, el retrato de una mujer y al Americano de Historia Natural, un dibujo de un militar del siglo XVIII con una lata de cerveza en la mano. Bansky utilizando peluca, barba postiza, gafas oscuras, sobretodo largo  y sombrero Stetson, penetra en los museos y deja sus piezas en exhibición, como si fueran parte de la colección. En una entrevista electrónica con el periodista Randy Kennedy, Bansky dijo que ha pensado incluir en su lista de donaciones al Museo Guggenheim. Ahora Bansky merece estar en la primera plana del New York Times. Sus quince minutos de gloria.

 ¿Un falsificador? ¿Un terrorista? ¿Un mamador de gallo?  Posiblemente nadie se ha preguntado, algo que podría parecer obvio ¿un artista? De hecho no es un falsificador. El fragmento de piedra con el hombre primitivo llevando con la mano derecha el carrito de supermercado y con la izquierda en alto apuntando al bisonte, no es una falsificación ¿de qué lo sería? Bansky ha tomado un motivo y lo ha ampliado, introduciéndole otro elemento. Lo que él deja clandestinamente en las salas de los museos son creaciones, así le cueste mucho a los museos reconocerlo. ¿Un terrorista? ¿Además del orgullo administrativo y técnico de los Museos objetos de donación, quién más sale lesionado? ¿Un bromista? Desde luego que sí, un terrorista que con una broma acaba con la credibilidad cultural de los museos, administradores seculares del gusto social consagrado.

 El affair Bansky lo primero que revela es la falta profunda de profesionalismo de los museos, comenzando por el Museo Británico, y por tanto la poca credibilidad que pudiera tener su autoridad y su canon. Estamos en una época en la que cada vez es más difícil - de lo que siempre ha sido - establecer la autenticidad de las obras, pero además, fijar la frontera canónica entre lo que es y lo que no es arte. Después de que en los sesenta Andy expuso sus latas Campbell de sopa de tomate, la frontera se corrió con aceptación social hasta el Pop Art. La siempre sinuosa y volátil frontera que separa el objeto de arte del objeto cotidiano, no hizo más que precipitarnos al relativismo estético. Si la frontera ha sido históricamente esquiva, hoy cuando los medios han proporcionado velocidades creativas sin antecedentes, el papel de los museos de arte, aceptados como órganos canónicos del gusto social, ha terminado.

 Parecería ser que a la broma de Bansky, los museos han respondido con la broma de sus curadurías, con la broma de su propia seriedad. Es posible que su lata de sopa sea mejor que la de Andy. Su fragmento de piedra de 38.000 años duró colgado una semana en el Museo Británico.  

 

 

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