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El adiós de Vivian

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El Consejo de estado se lució.

La comidilla editorial de la prensa escrita hoy domingo en familia, es la destitución de la Fiscal General, Doña Vivian Morales, por decisión del Consejo de Estado. Su despedida fue un acto político, con auditorio lleno, de la Fiscalía y de afuera, con tribuna, podio, discurso, lágrimas y abrazos. La Fiscal se despidió, no vuelve aunque pudiera ser ternada. Y junto a ella en la tribuna, como en los tiempos en que los dos discurseaban,  su flamante esposo, Don Carlos Alonso Lucio, todo de negro. De hecho, lo único blanco que tiene es el pelo.

Que su destitución haya sido una leguleyada, no es abrupto. Colombia es un país de leguleyos, las Cortes están plagadas de ellos. Necesitaba 16 votos y tuvo 14.  Un error del elector, que se lo cobran a la elegida. Porque técnicamente la responsable de que Vivian deba irse es la Corte Suprema. ¿Qué costo paga la Corte por torcerle el pescuezo al reglamento aunque sea por una vez? ¿A quién le represó la terna la Corte para elegir Fiscal? ¿A quién le hizo el favor la Corte al elegirla a ella, y justamente a ella? El Consejo de Estado tampoco podía, en derecho, tomar una decisión destituyéndola, sin considerar primero la responsabilidad de la Corte. Otra leguleyada. Otro favor que el Consejo de Estado le hace a alguien, y que la prensa internacional, el Washington Post, califica como resultado del lobby de la pandilla uribista. Todos sus imputados podrán respirar un poco mejor, se les abren puertas, la esperanza vuelve a florecer. Los rezos de Uribito han sido oídos. El clamor de Ternura acogido. Solo resta conocer la terna de Santos, para saber si la alegría es duradera o fugaz.

Hay dos cosas de Vivian que no me gustan. Su pasado samperista, el recuerdo de su gestión defensora de congresistas comprometidos con el proceso 8000, y que esté casada con Lucio. Lo primero es  asco político, lo segundo no me importa. Como ciudadano reconozco que trabajó para acusar a los Nule, a Moreno, a Uribito, a Ternura y a otros del mismo jaez, hizo lo que tenía que hacer, que ya es mucho, si se juzga por el desempeño de muchos otros funcionarios.

Si algo me queda claro al final del episodio, que terminó con la despedida, es la dudosa independencia del Consejo de Estado, algo mucho más grave que el adiós de Vivian. La sospecha de que actúa con inusual rapidez cuando se trata de hacer favores, su permeabilidad al lobby, la falta de argumentos, la extemporaneidad para juzgar la falta, dejan un sabor a feo.

Vivian seguramente saldrá gananciosa con su destitución, su carrera política no solamente no terminó, sino que se potencia inusitadamente. Siempre quedará la sospecha de que se la quitó del camino para favorecer a los acusados. Evitará, por demás, el ataque frontal de los uribistas, que no es de poca monta. Y, lo mejor, podrá dormir tranquilamente en brazos de su amantísimo Carlos Alonso.

El Consejo de Estado se lució.    

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