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Alberto Rodríguez

Berlin Alexanderplatz

Berlin Alexanderplatz

Nueve libros, 460 páginas y tardé diez años. Berlin Alexanderplatz (B.A) de Alfred Döblin, me dejó la misma sensación, o parecida, a la que me quedó, tras terminar El Hombre sin atributos. Una extraña y simétrica sensación de que le sobraba la mitad, pero también que le faltaba la mitad.

B.A aparece en 1929 en Alemania, el mismo año en que aparece en Argentina Los siete locos, de Arlt. Son dos novelas completamente contemporáneas entre sí y ambas predicen la crisis y el golpe. La primera, la caída de Irigoyen, y la segunda el derrumbe de la república de Weimar.  Ambas son novelas de rufianes, en ambas los rufianes presumen de socialistas.

B.A es la historia de Franz Biberfkopf, un hombre común, tan común que asesina a su amante. Al comienzo del libro sale de la cárcel de Tegel, tras pagar la condena, y termina en un sanatorio mental, en una marcha final alucinante, una alucinación triunfal, en la que todos los locos marchan cantando:”Hacia la libertad vamos, hacia la libertad, el viejo mundo ha de hundirse, despierta brisa matinal”.

R.W Fassbinder rodó para la TV a B.A en 1980. Fue una adaptación tan libre, rodada en 16 mm y luego pasada a formato de video, que por momentos uno se olvida de Döblin.

La novela es un cambio en el estilo, una alteración de la estructura y una modificación del héroe, respecto a la moderna novela alemana (Hauptmann, Hesse, Mann, Ludwig, Lenz, Walzer). A Döblin se le criticó en Alemania, haber querido hacer una novela como el Ulises de Joyce. Döblin, sin embargo, confesó en 1930, que mientras escribió B.A no conoció el Ulises, que había sido publicada en París en 1922.

¿Qué hizo tan lenta mi lectura? No fue la densidad, no fue una trama endemoniada, no fue un bosque argumental impenetrable, tampoco la historia. Menos los personajes: rufianes, putas, malandrines, ladronzuelos, estafadores, socialistas, moviéndose en la selva de Alexanderplatz. Fue la arrítmica narración que causó en mi la desilusión del lector, la percibí como una novela dodecafónica, cuyas subtonalidades y escalas no me dejan bailar. Jamás pude bailar con B.A, como lo hago con las otras novelas. Una vez el ritmo me agarra me dejó llevar por la melodía, abrazado, hasta los despeñaderos. Con B.A nunca pude coger el ritmo, los cortes cinematográficos, las elipsis entrecortadas, las variaciones en el registro del punto de vista, la focalización desenfocada, me hicieron imposible la fidelidad para con la novela, quiero decir, redujeron la sana obsesión que lo jala a uno hasta el final de una novela, mientras lo excita, lo incita o lo suscita.

Más de una vez estuve tentado a abandonarla, pero sin embargo, algo me lo impedía. No sé aun qué era, ahora que he llegado al final, en que Biberkopk, el homicida, el ex presidiario, el granuja, el manco, el chulo y el estafador, se lanza a buscar su libertad, marchando entre los locos,  que anuncian en 1929, que el viejo mundo ha de hundirse. Sí, el viejo mundo que ha de hundirse y que se está hundiendo desde entonces. Y nosotros con él, porque no somos mejores que el mundo que se hunde.

  

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