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Viva Zapata

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Imaginen una película vieja, en blanco y negro, hecha en 1952, en México, que un día encuentran en el baúl de los videos, y deciden ver después de años de haberla traído a casa.

La pedí por catálogo por la época en que José Saramago visitó al Comandante Marcos del ejército Zapatista de Liberación en el estado de Chiapas. El asunto es evidente, la revolución mexicana. Pero es que tiene tantos recovecos históricos, tantas versiones, tantas historias, unas mal noveladas, otras tan sentimentales, otras tan partidistas, que francamente no termino de situarme frente a ella, aunque creo haber leído 1500 páginas y visto muchas horas de films, sobre lo que sucedió.

Ahora imaginen. Viva Zapata fue Oscar de 1953 y Premio Bafta del mismo año. Cuando abren la película descubren que el film reúne la siguiente nómina. Producida por Darryl Francis Zanuk, el mítico productor de diez films que se llevaron el Oscar entre 1937 y 1962, productor de Chicago, El hampa dorado y El enemigo público. Dirigida por El Griego - Elia Kazan, Oscar honorífico de 1998 -, el poeta del cine, el lírico del celuloide,  que rodó entre 1937 y 1976, 21 películas. El libro fue escrito por E.Pinchon, autor de Viva Villa y Viva Zapata. El guionista adaptador es un premio Nobel de literatura de 1962, John Steinbeck, autor de Al este del paraíso y Las viñas de la ira.  Marlon Brando y Anthony Qüin representan a los hermanos Zapata, de Morelos, Emiliano y Eufemio.  

Del cine hasta los cincuentas, o del modo como los cineastas norteamericanos contaban sus historias, me queda una impresión de ingenuidad narrativa, comparada con la falta de ingenuidad narrativa de los realizadores de hoy. La fotografía es muy “mexicana”. El film se hizo a partir de un estudio de los registros fotográficos de la revolución, al que Kazan y Zanuk, en persona se dedicaron durante la preproducción. La escenificación en exteriores, la fijación de la atmósfera pueblerina, semidesértica, los rostros de las mujeres agazapadas en el rancho donde acribillan a Zapata, dan un clima propio, un color auténtico al film, un cierto aire griego. Y la historia es contada sin ambages, rápida, sostenida, clara, con una administración de tensión perfecta. El film no cae, sabe descender y ascender en la escala de las emociones que produce.

¿Y de el General Zapata – título que le había concedido el buenazo de Francisco Madero – qué queda? Zapata representa la desolación revolucionaria, la soledad del levantamiento, el ideal solitario, la perfecta víctima de la traición de poder, la falsificación de los papeles.

Cuando Zapata se vio haciendo en el Palacio de Gobierno, que le deja Villa, que todo lo que quería era tener un rancho, lo que había visto hacer a Porfirio Díaz, el día que fue con un grupo de campesinos de Morelos, a pedirle que les ayudara con sus tierras, supo que el poder envenena. Entonces tomó su rifle, se puso el sombrero y regresó  a Morelos, a ponerse al frente de la lucha de los campesinos por la tierra.

Iba directo a la muerte. El poder y su revolución no cabían, ni caben en México. 

 

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