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El escritor fantasma

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Cuando me senté en la butaca frente a la película, mi expectativa no estaba puesta en un thriller más, como el que hizo Polanski, y de los cuales creo haber visto mil y uno. Habría querido ver una película de escritura fantasma en acción. Un thriller retórico.

El escritor fantasma, rodada después del escándalo Polanski en Suiza por cuenta de un pedido de extradición, es otra película más que se escurre por las ramas del espinoso tema de la escritura en el cine. Del libro El poder en la sombra de Robert Harris, Roman Polanski hace una película donde el protagonismo fantasma del escritor no está en el primer plano de la acción, está por fuera de la escritura. Así que el escritor fantasma termina, por la gravedad protagónica del thriller, convirtiéndose en el investigador involuntario de un crimen, que conduce a una cadena de crímenes de Estado. La editorial que lo ha puesto en la casa del ex primer ministro Adam Lang - a quien las malas lenguas británicas identificaron con Tony Blair, cosa que Harris se apresuró anegar - está interesada en el escándalo que ha estallado por el manejo ilegal de prisioneros de guerra, por lo que pide al escritor, que en un par de semanas envíe una crónica, que le daría la vuelta al mundo.  

Es una película con el escritor como personaje, hay dos opciones. O la trama se construye en el hecho que define el escritor, que es la escritura y sus actividades asociadas. O la escritura se convierte en un telón de fondo, de otra cosa, otra historia, una investigación criminal, en este caso. Las dos opciones presuponen “estilos” distintos de contar. La segunda será de alta tensión, con muchos riesgos, hechos directos, antagonismo protagónico. La primera será algo menos tenso, con los riesgos de la escritura - la investigación de fuentes, las versiones, lo pertinente, la redacción, la edición, la publicación, el escándalo, la demanda -, hechos indirectos y con un antagonismo letrado.

Polanski llamó a tres buenos actores, Ewan McGregor, Olivia Williams y Pierce Brosman, seguidos de un reparto en el que no se ahorró nada. Fiel a la novela de Harris, a quien le interesa el poder y sus juegos, Polanski adoba las circunstancias conflictivas del poder en privado, como una sarta de intereses que confluyen en una trama previsible en conjunto, un riesgo típico, que termina resolviéndose con la violencia usual. Reiterando el oxímoron: violencia/poder.

Si bien el comienzo promete un conflicto de escritura, pronto se desvanece para darle paso a circunstancias muchas más tensionantes que la escritura. El conflicto de escritura está contenido, pero no tiene desarrollo. El primer escritor fantasma, que alcanzó a dejar una versión de 500 páginas de la autobiografía del ex primer ministro, ha sido asesinado. El nuevo escritor fantasma debe tomar la versión y a partir de eso, apoyado en entrevistas,  hacer algo mejor en un mes. El problema de lo pertinente, de lo que debe aparecer o no, para que el ex ministro aparezca o no como un idiota, es una fuente inmensa de conflicto entre  el interés del auto biografiado y el enfoque del fantasma. El escritor quiere una autobiografía con “corazón”, enfoque con el que convenció al editor. Mostrar al ex ministro, no solamente en lo que ya se sabe que es, como político, manipulador público del poder, sino y también en esa intimidad posible de contar, en los rasgos que lo revelan como un hombre, en toda su completa dimensión. Ese solo conflicto habría servido de línea de fuerza de todo la tensión, para hacer una película sobre la escritura. Pero Harris y Polanski están interesados en el problema del poder.

Así que una acusación internacional sobre manipulación ilegal de prisioneros de guerra, estalla, mientras el escritor y su auto biografiado trabajan, con lo que se interrumpe la película sobre la escritura, para dar lugar al thriller: asesinato, sobre con pruebas pegado debajo de un cajón del closet, declaraciones sobre el crimen, seguimiento en Google, el fanático resentido, intento de asesinato, y el descubrimiento en clave que el escritor fantasma anterior dejó, a la manera de un acróstico capitular en la auto biografía, sobre cómo un respetable profesor, de la mujer del ex primer ministro, la reclutó mientras hacía su pasantía en Harvard, para la CIA.

Todos los lazos argumentales que vinculan los hechos, son aburridamente previsibles, siguen un esquema común que no sorprende, en el que se repiten lugares comunes de la resolución dramática. Y, por supuesto, después de correr todos los riesgos, se termina por descubrir el pastel. El escritor no escribe nada y la autobiografía se la lleva el viento.

A Polanski hay que verlo. Pues bien, quien lo vea ahora, encontrará en  su película, bien hecha, los nudos corredizos del poder, las sinuosas relaciones secretas entre Inglaterra y los Estados Unidos, el affaire noticioso del terrorismo, el papel de los “final clubs” y de la corte penal internacional. Del oficio de escribir a la sombra, casi nada.

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