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Ruleta Rusa 13

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Gela Babluani. Un tipo para tener en cuenta. Escritor, editor, director, director de casting. Tiene a su haber cuatro películas. Es georgiano como Stalin, nació en Tblisi, hace 31 años. La Ruleta Rusa del 2010 es un remake de la francesa 13 Tzameti, dirigida y escrita también por él. RR 13 ganó el premio del jurado del festival internacional de Sundance. Babluani ha conseguido la atmósfera cruda del film sin más, con un auténtico desprecio por la vida, que ni siquiera es un canto al nihilismo. Es un thriller de una negrura épica, que recuerda la crueldad  del primer Polanski.

El personaje de Sam Riley tiene a su padre en el hospital, su familia va a perder la casa, y su madre administra una cafetería con un salario de mierda. Por el puro azar, que lo ampara durante casi toda la película, asume la personalidad del ruletero 13, un adicto que ha sido invitado por un empresario británico de ruleta rusa al encuentro en Chicago. El adicto muere, y la suplantación, sin conocer de qué se trata, se convierte en un riesgo sin retorno. Otro jugador es un convicto (Mickey Rourke) que es sacado en un baúl de una prisión de Ciudad  Juárez, para ser vendido como ruletero. Otro (Ray Winstone) es un enfermo mental, al que su hermano tiene en un sanatorio y lo saca cada vez que va  a haber un torneo. El británico adinerado (Jason Statham) termina ganando con el ruletero 13, que vino a dar al torneo por los más fríos y desconocidos juegos del azar. Y desde luego, un policía que sigue la pista del juego ilegal, pero que no puede hacer nada. Todos los elementos de un thriller concentrado, violencia sin tapujos que consigue ese rango enervante para el espectador. Es una puesta en escena de una limpia crudeza actoral, respaldada por la construcción a cincel de personajes marcados, directos, sin ambages.

Es un gran cine negro que desciende sin dificultad al sótano, al subterráneo donde viven los monstruos que el sistema ha hecho, al lugar donde están todos los elementos más sofisticados contra la vida. La vida no vale nada, es el mensaje extremo, si alguien insiste en querer sacar mensajes de la película. No vale nada. Los muertos no son más dignos que los que quedan en la vida, y los que sobreviven no valen nada.

El secreto dramático con el que se le imprime la eficacia al film – a la historia - está en la pérdida completa del respeto a la vida. Solo así Babluani le imprime credibilidad dramática a los ruleteros y a la situación que cruza sus historias. Conseguir que los personajes se muevan y actúen como suicidas contratados, es lo que le da el sabor ácido al film, agresivo por naturaleza. Un sabor que se esparce durante 120 minutos a través del gusto absurdo con que se logra comprometer al espectador, a quien se le muestra el evento tan limpio, tan organizado, tan lleno de reglas, en un local de primera, con apostadores de clase alta, jueces y asesores, y en el que se mueve mucho dinero en el mercado negro de la muerte, como si estuvieran en una ferie de mascotas, o en una competición escolar de jardinería.

Antes de salir, en un salón cerca a la salida, están tirados los once cadáveres de los ruleteros que se quedaron, como bultos de basura después de la fiesta de la muerte.

 

 

 

 

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