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Otra guerra que se pierde

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Cualquier cosa que hubieran hecho, de lo que podrían haber ido a hacer los norteamericanos a Irak, de nada habría  servido. La guerra estaba perdida desde que Bush la inicio, bajo cuatro  “supuestos”: había armas de destrucción masiva, era posible capturar a Saddam, era indispensable tener el control directo de la producción petrolera y era posible implantar la democracia en Irak.

Es cierto, capturaron y ahorcaron a Saddam, mantienen el control sobre la producción petrolera, pero a unos costos de guerra, que hacen insostenible el negocio y que terminaron poniendo su cuota en la quiebra del 2009. Los otros dos supuestos son falsos y risibles. La inteligencia norteamericana sabía que no había armas de destrucción masiva, pero Bush necesitaba el argumento, para afirmar la exigencia a la ONU, de intervenir. En cuanto a eso de ir a implantar la democracia, bien vale creer que esa  es una tentativa propagandística, con la cual revisten con el ideal el trabajo sucio, el sucio ideal del peor sueño americano. A nombre de la democracia han azolado el mundo. ¿Quién les dijo que estaban para eso?

Las tropas norteamericanas que llegaron el nueve de abril de 2003 a Irak, lo primero que hicieron  fue derribar la estatua de Saddam Husein en la plaza Fardus. A su salida, el 19 de agosto de 2010, dejan un país mil veces peor que el que encontraron: económicamente quebrado, culturalmente vaciado, con sus yacimientos expropiados, en una guerra civil, prevalida de los recursos más terroristas y mafiosos que encontraron. Lo más distinto, a lo que alguien, que no fuera norteamericano, podría creer que es la democracia.

El 12 de abril se conoció la noticia del saqueo del Museo Arqueológico de Bagdad, 14.000 piezas fueron robadas y destruidas las salas. El 14, se quemaron un millón de libros de la Biblioteca Nacional. Las quemas de libros nacional socialistas a su lado, no pasarían de ser una fogata. Ardió el Archivo nacional con sus diez millones de registros del periodo republicano y otomano. Luego fueron la biblioteca de Awqaf y las bibliotecas universitarias. Los norteamericanos no tuvieron tiempo de hacer mucho para defender el patrimonio cultural de la humanidad, aunque iban a implantar la democracia, porque estaban supremamente ocupados cuidando los yacimientos de petróleo y el Ministerio de Energía.

La invasión norteamericana abrió la caja de pandora, de donde salieron todos los demonios santos de los sunitas, chiitas y kurdos, para darse un festín de sangre y fuego por el que vengan ancestrales rencores, injusticias bíblicas, desaguisados milenarios,  que terminaron convirtiendo a Irak, con ayuda de Al Qaeda,  en un desolladero infernal. Mientras los ladrones de piezas, que las sacan clandestinamente por Siria, organizados en bandas armadas con AK-47, recorren el país para alimentar el mercado negro más culto de la historia.

Fueron evacuados 110.000 hombres, quedan 50.000 que saldrán el año entrante. Entre tanto y después de la evacuación final, serán los “contratistas”, una especie de mercenarios industriales creada por los norteamericanos, encargada de todos los hilos de la guerra sucia.

 Obama, muy campante, fue capaz de decir “prometí que acabaría con esta guerra y eso es lo que estoy haciendo”. Si el negro hubiera dicho la verdad, habría afirmado: Prometí que acabaría con esta guerra, pero no pudimos, aún así cumplo con la promesa de retornar 110.000 hombres a casa. No sé cuántos muertos más signifique nuestra permanencia hasta agosto del 2011”.

 

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