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El guardián entre el centeno

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“Crecí en un mundo en el que casi no habitaban personas reales. Vivíamos en Cornish, un lugar salvaje, en medio del bosque, donde nuestros vecinos más cercanos eran un grupo de siete lápidas cubiertas de musgo que habíamos encontrado un día mi hermano y yo cuando perseguíamos una salamandra roja bajo la lluvia. Había dos lápidas grandes y a sus pies cinco pequeñas, que marcaban el fallecimiento de una familia que vivió hace muchos años. Mi padre rehuía las visitas de personas vivas…” Tal cual comienza la única novela de C.D Salinger.

La literatura ha perdido a un escritor de una sola novela, el Rulfo norteamericano, Jerome David Salinger. Silencioso, de umbral, mítico, paradójico. Prefirió la austeridad discreta de su vida privada a la literatura.  En 1951, cuando recién había cumplido 32 años, apareció El guardián entre el centeno, condenada – sin que pudiera siquiera imaginarlo, y mucho menos desearlo – a ser la novela de culto de una generación, y que hoy todavía se deja leer, lo cual a la postre es lo mejor que pueda decirse de ella. El título, Salinger lo sonsacó de un verso de Robert Bums: “Si un cuerpo encuentra a otro cuerpo cuando van entre el centeno…”. Fue la mejor novela que dijo haber leído Mark David Chapman, el asesino de John Lennon.

Enrarecido por la súbita fama, Salinger vivió sus últimos cincuenta años en el exilio interior, huyendo de los demás y de sí mismo, entregado al budismo zen, a la cienciología, a la tranquila irrealidad norteamericana, como un ermitaño moderno en su vieja casa de Cornish, New Hampshire, donde se apagó de muerte natural y de manera sosegada.

Salinger detestó las biografías, las reuniones, los comités, a los periodistas, a los presidentes, a los congresistas, a  los medios y a la televisión. Detestó casi todo, no sin razón. Nunca dio entrevistas, jamás habló de su libro ni de su familia. Su largo silencio de más de cinco décadas conmovió a sus lectores, una logia casi fanática de adeptos de Holden Caulfield, el protagonista del Guardián.

En 1945 en un artículo de Squire dijo: “Soy un hombre precipitado, no puedo con los trayectos largos; posiblemente a causa de ello jamás pueda escribir una novela”.  Salinger se hizo clásico sin proponérselo. No es exagerado decir que  ha ejercido una influencia, que desde luego él mismo habría rehusado, comparable a la de John Updike  y Philip Roth.

Su escritura es tan sigilosa y precisa como la de Flaubert, tan tierna y terrible como la de Capote, tan inteligente como la de Roth, tan atrapadora como la de Mailer. Y a su vez, la escritura de alguien que no quiso ni ser ni posar de escritor. Es un misterio, y lo seguirá siendo, cómo pudo un hombre sin vocación encontrar ese altísimo registro de escritura, con el que hizo posible un personaje de tan solo 16 años, absolutamente inolvidable, que se mueve entre la locura y la precocidad.

El motor que anima el deambular de Caulfield por New York es la soledad, la incomprensión y el fracaso. Motivos posiblemente despreciables, pero suficientemente poderoso para hacer que la novela avance, sostenida por un ritmo definitivamente hecho para hacer caer a cualquier lector en la insana tentación. En el capítulo veintiuno aparece uno de los personajes más bellos de la literatura norteamericana, Phoebe, su hermana de 10 años, que a su vez escribe una novela policíaca, cuyo protagonista es una niña detective.

Siempre será mucho más lo que ignoremos de Salinger, que lo que sepamos de él. Fue autor de un texto más o menos olvidado, Nueve historias. Tenía en su casa tres gatos, Minino uno, Minino dos y Minino tres, gustaba beber su propia orina en ayunas  y pegarle a sus mujeres.

 

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