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Relato de un asesino

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 Tafur, también llamado el Loco – digámoslo de una vez, Doctor Jekyll and Mr Hyde en versión bogotana – nos cuenta su vida, capítulo a capítulo, desde la escuela primaria – su primera cárcel – y la cárcel distrital, su última morada antes de ir a parar a un psiquiátrico, por haber matado a su mujer y al engendro que llevaba en la barriga.

Mario Mendoza hace una novela de personaje, las más entrañables. Se dedica a bordar un personaje durante trescientas páginas, utilizando el recurso de su escritura, tal como en Buda Blues. El principio de identidad del y para el personaje – y por extensión para el lector que se enfrenta al asesino – es para el autor materia de la organización novelesca. Si se parte de la idea de un yo múltiple, como lo hiciera Stevenson, se da por sentado que la identidad se desdobla rompiendo la unicidad, que se abre para ser negada. El reto técnico de la novela, es hacer una aplicación dramática del modelo hegeliano.

Tafur es un caso de doble identidad. El desarrollo de la novela está basada en la idea de que no solo somos lo que creemos ser, sino otros, de los que no sabemos, y que pueden resultar francamente insoportables, imposibles de invitar a almorzar. Desde el primer capítulo de su relato – cronológicamente ordenado - que escribe desde la cárcel, en cuadernos escolares que le facilitan, cuenta el desdoblamiento: la epifanía de Tafur. Se ve llevado por un remolino interior misterioso que lo introduce en un trance angustioso de despersonalización. Lo especial, es que cada vez que le sucede, se ve obligado a huir, a esconderse, a apartarse, como si sintiera una enorme vergüenza, o un enorme miedo, de la revelación.

Tafur tiene tres desdoblamientos radicales, dramáticamente cortantes, que lo llevan con todo el arrojo a destruir lo que se  le ponga delante y con una fuerza bestial. El primero, cuando arremete  contra un grupo de travestis que no lo dejan dormir, con un garrote que tiene en su extremo una puntilla de 16 pulgadas, con el cual masacra la manada travestida. El segundo – el más memorable – cuando siendo administrador del hotel Eliat en la costa del Mar Rojo, se enfrenta contra un soldado kurdo – mercenario al servicio de Israel – que asegura haber pagado la noche al muchacho palestino que hace las habitaciones, que a su vez dice que no le pagó. Tafur salió de la administración y a cabezazo limpio y a patadas casi mata al kurdo, la mandó fracturado al hospital. Todo, porque le creyó al palestino. Y la tercera, cuando en un ataque de celos arremete brutalmente contra su mujer hasta matarla.

Tafur tiene algo claro, necesita ser un escritor. Durante su viaje por Israel y Egipto, así se presenta. Su escritura a juzgar por los cuadernos escolares que transcribe el libro, siempre es limpia, a veces la de un profesional – en los diálogos  - y a veces la de un aficionado. A mí como lector, me queda faltando algo de la novela: la escritura de Hyde, la escritura oculta, la escritura de la epifanía. No me satisface que el motivo por el cual Tafur emprenda su largo travesía para buscar un perdido monasterio en el corazón de Egipto, se me cruce con los motivos del Alquimista de Cohelo.

Me faltó más del otro. El relato no tiene sino un registro, el de Jekyll. Cómo hubiera querido zurcir – así se me habría ocurrido escribir la novela si yo hubiera sido Mendoza – un afilado y rápido contrapunto entre dos escrituras alternantes. Indispensables dramáticamente para escenificar el desdoblamiento de identidad, que soporta la arquitectura de la novela.

El relato de los cuadernos debería haber sido, a juicio de este lector, una escritura a cuatro manos, para que el yo múltiple se hubiera revelado en la iluminada gracia de la escritura desdoblada: la vida mediada de Tafur por el loco Tafur. El apodo, que le vino desde el colegio, es más que un apodo, es una caracterización coloquial del desdoblamiento.

No he descartado la idea de que el autor hubiera considerado que Hyde, no sabe, o mejor,  no puede escribir, por razones obvias. Pero  si se le niega la depresión a Hyde, su otro estado, su morbosa latencia, su oculta oscilación entre un lado y otro del yo, se violenta el principio de identidad del personaje. Qué bien hubiera venido al Tafur escritor, una mano del Loco Tafur en el relato. Ya hubiera querido verlo leyendo textos, en su cuaderno, que no recuerda haber escrito, que no reconoce como suyos, aunque conservan el patrón caligráfico, con rasgos nervioso y zigzagueantes, que revelan lo que dice y hace el otro.

Relato de un asesino es un libro escrito con las tripas, que fuerza al lector a sentir las suyas mientras se expone a la prolongada confesión de Tafur. Mendoza se ha tomado el trabajo de ensayar, una vez más, la novela de identidad, en la que su personaje es al mismo tiempo, un escritor – que termina siendo publicado cuando está en la cárcel -, un asesino, y un hombre que disfruta pintar él mismo su apartamento para ahorrarse unos pesos, comprar flores en la esquina y tener una tranquila cena en mantel limpio, con Fernanda.    

 

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