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Los impostores

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Hay dos cosas que los buenos lectores le piden a toda novela, y que por lo general son propias de las buenas novelas: intriga y elaboración de los personajes. En otras palabras, que el autor sea capaz de de tirarnos un anzuelo que irremediablemente nos haga picar el hilo de la historia hasta el final. Y la otra, que sea capaz, a partir de su conocimiento de las personas, de elaborar personajes con la más típica densidad humana que les asegure contextura, espesor y credibilidad, como representantes en la literatura, de la condición humana.

Santiago Gamboa publicó con Planeta hará ya siete años su novela Los impostores, que está dotada de las dos cosas que hacen felices a los lectores.  Fue el resultado de una feliz estadía de Gamboa en China, que se prolongó durante varias visitas a Pekín para la realización de un trabajo cinematográfico con Sergio Cabrera.  A lo que hay que agregar las ganas de escribir una intriga de novela criminal, como las que con tanta frecuencia acometían a Graham Green. De hecho, uno de los epígrafes de la novela es suyo. Es una novel de novelistas, atestada de alusiones literarias. Todos sus personajes tienen que ver con la lengua, el presunto escritor, el filólogo y el periodista.

Gamboa construye la trama alrededor de un tema - también de novelistas – muy poco original, casi - podría decirse - un lugar común de la intriga de muchas, buenas y malas novelas: un manuscrito misteriosamente salvado de la quema de libros durante la revuelta de los bóxers -grupo secreto que desde 1898 hasta 1901 intentó extirpar de China cualquier manifestación occidental - con un lindo nombre que evoca la poética china tradicional, "Lejanas transparencias del aire" de Wang Mian. Se trata de un texto de culto para la secta del Lirio Blanco y los otros descendientes de la secta de los bóxers, y que casualmente aparece en el centro de documentación de la biblioteca de una sede de la iglesia católica francesa en Pekín.

Los tres protagónicos son Serafín Suárez Salcedo – periodista colombiano que trabaja para la radio en París, y que a todas luces está inspirado en el propio Gamboa -   Nelson Chochén Otálora - peruanización del nombre chino Chou Chen -, profesor peruano de literatura de la Universidad de Austin, que sueña con ser escritor. Y el sinólogo alemán Gisbert Klauss, filólogo de la Universidad de Hamburgo.

El tema no es lo más importante en la novela de Gamboa. Él necesitaba un escenario: Pekín. Y un tema que no estuviera muy lejos de su condición de escritor. Lo que vale es la contextura de sus personajes, su densidad, la imaginación con que se levanta la tipicidad de cada uno, el detalle con que los pone en circunstancia, el peso de sus motivos, y ante todo, el peso de sus consideraciones, que oscilan entre la extrema ridiculez, y la seriedad creíble. Por eso creo, que no son “impostores”, aunque los tres resulten impostados.

La novela está surcada de humor negro, alusiones constantes, probablemente excesivas,  a la literatura. Está dotada de un grado relativo de verosimilitud, que evita que se deslice al escenario de las caricaturas literarias. Se cuida Gamboa de que la trama se vea forzada, aunque para sacarla adelante debe forzarla, dentro - es cierto - de los plausibles límites dentro de los cuales un lector generoso puede tolerarla.

Los personajes de reparto, completan el ejercicio humano de elaboración de caracteres, que le dan vida, sabor, validez a la novela. Zheng, el cura que sirve de contacto a Suárez para dar con el cura que tiene el manuscrito y que antes ha hecho parte de los escuadrones de contra inteligencia  en el Sinkián. Entrenado en Moscú y Ho Chi Ming, capaz de habla cuatro idiomas, de desarmar una bazuca en cuatro minutos y ex miembro de la policía secreta cuando los incidentes de Tiananmen. Sin duda una caricatura tolerable de los Bond. La otra es Omaira Tinajo, una cubana, proctóloga, que encuentra el objeto del deseo en el periodista colombiano, por el que literalmente se enloquece, a pesar de estar casada y tener dos hijos, argumentos con los que ha rechazada a Chochcén. Ella representa el “oscuro objeto del deseo”, una caricatura de la mujer latina, bien hecha, con la que  matiza y da gracia erótica a la novela. Y la otra, una prostituta rusa, Irina, que trabaja clandestinamente en Pekín, y con la cual Chochén se encanta, y que resulta ser la nieta del mariscal Zhukov. Una caricatura casi dramática, que no obstante contribuye a darle un delicado hálito morboso a la novela.

Es una novela que puede leerse en vacaciones, mientras reposamos tirados en la hamaca.

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