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La Cosa

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              Alejandro Gaviria, Decano de Economía de la Universidad de los Andes, hizo un comentario en su columna del Espectador (3/5/2009) sobre la última novela de Mario Mendoza, Buda Blues. Me quedan dos impresiones. La primera, que Gaviria leyó la novela como se lee una novela de tesis, amparado en que ”Mendoza ha expresado su propósito de hacer crítica social, de darle a su narrativa un contenido político, de combatir, desde la escritura “el centro, la oficialidad y el interior del establecimiento””. ¿Si Mendoza hubiera expresado su deseo  de ir a devolverle un acordeón al diablo, desde Valledupar hasta la Guajira, sus personajes habrían podido leerse como ficción?  La segunda, que Gaviria no aguantó el libro, su comentario no delata por ninguna parte que hubiera sido capaz  de terminarlo.

Gaviria se declara intrigado e instigado por el libro, lo que equivale a decir, por lo que dijo Mendoza del libro en la presentación y las entrevistas. Y con instigación responde, al punto que lo que debería haber sido un ejercicio público de crítica literaria, parece una sindicación a la novela, y por supuesto a Mendoza. La principal sindicación es que no hay separación entre personajes y autor (tan grave como decir que no hay separación entre legislativo y ejecutivo). Así que Gaviria no lee una novela, no acepta el pacto implícito, y por tanto no puede ponerse como lector de  cartas, de dos cómplices entrañables, – Arturo Belano y Ulises Lima, si quieren una comparación – capaces de escribir parrafadas infinitas, como lo hacíamos en los setenta. Y claro, una cosa es leerse una novela de 400 páginas, y otra, aguantarse 400 páginas de opiniones de autor.

Si a Gaviria las opiniones de los personajes de Buda Blues le parecen absurdas, una sindicación más - que traducida quiere decir: las opiniones de Mendoza le parecen absurdas -  ¿qué dirá del Caballero Tristram Shandy, de Don Quijote, de Bartleby, de Gargantua y Pantagruel?

El problema de las sindicaciones contra las novelas es que al no tomárselas en serio, puesto que se las lee como discurso encubierto de autor, y no como ficción,    por falta de ironía, de humor  - lo que Gaviria dice no encontrar en la novela -, se las exime del juicio estético que se sustituye por el juicio moral o civil contra el autor. Flaubert recusado en los juzgados por el adulterio de Emma.

Gaviria no debería tomarse tan en serio a Mendoza, debería eso sí, tomarse completamente en serio la novela y terminar de leerla. Nos importan más los personajes que los autores cuando hablamos de literatura, ellos bien pueden pasar desapercibidos. Para el novelista no es bueno que se lo tomen tan en serio, salvo que sea un vanidoso – y casi todos lo son – o que esté dispuesto a correr los riesgos del éxito. Cuando nos llega el libro a las manos, su suerte depende de nuestras íntimas relaciones con los personajes. Las sindicaciones rompen el límite del juicio estético, y colocan la ficción - como hecho social - en el dominio del alegato civil contra el novelista. El caso Rushdie, o el poder contra el novelista. O el caso Saviano,  el subpoder de la camorra  contra el cronista.

Una madrugada en Calcuta, a la hora en que los camiones de la basura pasan recogiendo los cadáveres en las calles, el aire periférico de las teorías de Theodoro John Kaczynski y John Zerzan, son cosas a las que Gaviria no les encuentra el humor ni la ironía. Si hubiera tenido respeto lector por la novela, al menos habría advertido en las entrelineas de las cartas, que el tránsito entre la Cosa y el budismo, pasa por un profundo escepticismo.

 


              

 

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