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Balzac y la pequeña costurera china

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Era entonces un país de libros prohibidos, de libros quemados, de libros doctrinarios, de solo libros rojos, de manuales, guías de partido, y cartillas. La China de la revolución cultural es una versión real de la ficción pirómana de Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, en la que los bomberos buscan libros para quemarlos. En China no fueron los bomberos, fueron los políticos locales, regionales y nacionales, que siguiendo órdenes del Partido Comunista, incitaron a las hordas semi analfabetas de guardias rojos a perseguir los libros, la palabra escrita y la literatura del mundo. Los que no alcanzaron a quemar los prohibieron. Hicieron lo mismo que las huestes nacionalsocialistas, que arrojaron a Marx, Freud, Einstein y Mann a la hoguera.

La película de Dai Sijie, una coproducción franco china del 2002, es una película de la edad media roja. Toda la inmensa brutalidad cultural, apalancada en esa tormenta plomiza de los sueños anticapitalistas, que condujo a la proscripción de la literatura, por un decreto más que imperial, que produjo en China un paréntesis histórico de atraso y ostracismo, roto al cabo de los años. La película es la historia de una persecución a la historia, en la que el afecto y la amistad, terminan pesando más que el dogma y la disciplina.

La película está basada en la novela del mismo director, publicada originalmente en francés, que al momento de hacer la película no había encontrado traducción al chino.

La revolución cultural puso como ejemplo de vida, la de los campesinos, que eran mayoría en China. Exaltó su laboriosidad, su sufrimiento, su resistencia y sus sueños. Y para que los pequeños burgueses ilustrados de la ciudad, los estudiantes y los intelectuales, aprendieran, el Emperador los envió al campo.

En una maleta, el estudiante miope, el mismo que pierde sus gafas mientras ara con un buey en el pantano, esconde libros prohibidos, los franceses: Balzac, Flaubert y Sthandal. Ella, la pequeña costurera, analfabeta, incita a los dos estudiantes que han ido a reeducarse, a que los roben. Y los roban porque son los libros los únicos que podían salvarlos de ese inmenso infierno rojo al que han sido enviados. Deben ir a esconderlos a una gruta lejana, en donde clandestinamente se reúnen a leerlos, a encontrarse con esos hombres de otro tiempo y otra lengua, cuyas palabras llegan a ellos para unirlos, iluminarlos, salvarlos o perderlos.

La literatura como refugio es un lei motiv de Balzac y la costurera. El mundo cifrado, como una construcción laboriosamente humana, que sin que la costurera lo sepa, allá en el último rincón rural de la China, habrá de servir para auto reconocerse en el derecho – clandestinamente ejercido - de leer a otros hombres, de otra época, prohibidos, para que cientos de miles de campesinos no pudieran leerlos, cuando aprendieran a leer, si alguna vez les enseñaron.

Una película del afecto posible, del amor sencillo y directo, de humor casi agropecuario, con una trama en clave de trío, en medio de una sociedad agobiadoramente agraria. Una sociedad prometida, "nueva, curada de los vicios del pasado", que aún así, los obliga al aborto, a esconderse para leer y a renunciar a la música del mundo. Pero esa luminosa promesa de sociedad en construcción, por la que debieron ir a reeducarse, es también la instauración de un mundo deliberadamente rezagado, donde la superchería (el paludismo se cura a garrotazo limpio) pesa más que la ciencia, el analfabetismo más que la libertad de expresión, y el dogma más que la literatura.

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