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La miseria educativa latinoamericana

20071213002733-pisa-edit.jpg En los últimos exámenes PISA (Programa internacional de evaluación educativa) los países latinoamericanos ocuparon los últimos lugares, por debajo de Europa, Norteamérica y el Asia. En los TIMSS (Programa de evaluación en matemáticas y ciencias) pasa otro tanto. En los PIRLS (Programa internacional de evaluación de competencias de lectura) los dos únicos países que participaron fueron Argentina y Colombia, quedando respectivamente en el puesto 30 y 31, entre un grupo de 35 naciones. Varios países de América Latina (Cuba y Venezuela) se niegan a participar o no dan a conocer sus resultados.  

A los países nuestros les ocurre lo contrario a lo que está ocurriendo en algunos países asiáticos, China, Corea del Sur, India. Ellos están al alza en resultados educativos, de lo que se permiten ratificar la relación entre buena educación y su alta productividad nacional; nosotros estamos a la baja, cada vez peor calificados en resultados de calidad educativa.   

Apenas se dan a conocer los resultados, sale en cualquier país de la región un funcionario educativo con una lánguida e idéntica declaración acongojada y retórica. Vean lo que dijo la Secretaria de Educación Pública de México, Josefina Vásquez Mota: “Hoy recibimos estos resultados sin autocomplacencia, lo hacemos con un espíritu crítico y también de reflexión y de toma de decisiones sustantivas”. (Excelsior, viernes 7, pag 19). He ahí la babosa respuesta de ocasión que podría ponerse en labios de cualquier sustantivo ministro de educación del continente.  

Mientras Finlandia se enorgullece de encabezar por tercera vez consecutiva el listado de países que participan en la prueba PISA (548 puntos en matemáticas) en América Latina, deberíamos preguntamos que pasó con la educación argentina, mexicana, la del Brasil, la colombiana. Todos han hecho en los últimos diez años, esfuerzos notorios en materia educativa, han construido más escuelas, han nombrado más maestros, han abierto bibliotecas, han editado más libros de texto que nunca, han llevado televisión y computadores a las aulas.  

Finlandia invierte 7578 dólares anuales por estudiante de secundaria, México invierte 1377. Más que Colombia y Argentina. Con una desproporción tal de inversión, podría uno preguntarse, si el nivel de inversión educativa no es suficiente para obtener tasas más significativas de calidad educativa. Lo que sugeriría una regla simple: a más inversión educativa más resultados de alta calidad. En esta lógica del costo-beneficio, la argucia está en hacer creer, que la calidad educativa es el resultado directo de la inversión. Si a Colombia y México les fuera dado incrementar la proporción de su PIB educativo, y dispusieran de 10.000 dólares anuales per cápita, la calidad no resultaría inmediatamente, como resultado de un súbito incremento de la inversión.  

 

La UNPF (Unión nacional de padres de familia) de México ha pedido que se aplique a los docentes mexicanos la prueba TALIS (Programa de evaluación internacional de enseñanza y aprendizaje) porque tienen sospechas de que podrían salir peor evaluados que sus estudiantes. Hizo también severas críticas a la política del texto único, de la que dijo “…debemos acabar con esa política que nos hace el hazmerreír del mundo”.       

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