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El espíritu de la pasión

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Los espectadores piden más adrenalina que palabras, el gran mercado del público joven pide acción bruta, movimiento constante, hechos contundentes, violencia, persecuciones, situaciones extremas, pánico creíble, tensión de muerte. El cine “lento”, dialogado, reflexivo, de situación, de dramas sin gritería ni sangre, no son tan vendibles, duran pocos días en cartelera y tienden a volverse joyas de cine club, como las películas de Bergman.

  

Qué decir ahora, que viene Kim Ki Duk, un joven director norcoreano con su película El espíritu de la pasión, que nos atrapa con alevosía, metiéndonos en el cuento de principio a fin, elaborado en un montaje que aprieta la tensión dramática con el recurso de hacer silencioso al protagonista. No tanto bajo la sospecha de que físicamente sea mudo, sino más bien a la manera de esos personajes de Kafka, que no hablan porque no han encontrado todavía qué decir. ¿Para qué hablar?

  

Cuando la acción es significativamente audiovisual, como lo exige el cine y el video, podría uno inclinarse a creer que las palabras sobran. Lo cual nos haría caer en el mismo espíritu perverso de la consigna de los publicistas: más vale una imagen que mil palabras. Más vale una escena que 500 palabras. La palabra en el cine mudo estaba completamente subentendida, y cuando la acción por sí misma no la sugería, se intercalaba un entrecuadro con texto. Pianola al fondo. La palabra en ésta película no está subentendida. No es necesario que lo esté, el protagonista no necesita hablar. La mujer apenas dice algunas pocas palabras al final. El espíritu es mudo, la pasión  lenta sabe esperar.

  

Los dramas en donde las palabras son el protagonista, como en los de Shakespeare,- o para poner dos casos cercanos ¿Quién le teme a Virginia Woolf? y JFK - la acción se tensiona justamente por lo que se dice, aunque lo que se diga sea provocado por lo que se hace o lo que se hizo, sin pasar a ser más que una referencia.

  

El personaje de Kim Ki Duk, es significativamente silencioso como para dar satisfacción audiovisual al valor de la acción.  Su intensidad se refuerza con un recurso de voz, o más bien de falta de voz. Es una película donde sólo hablan los personajes antagonistas: el esposo y el policía. Pero el silencio de Kim Ki Duk, a diferencia del Silencio que hizo Bergman en blanco y negro en los sesenta, no se ritualiza para provocar el estado de suspensión en el espectador. Bergman hizo una película aburridora de principio a fin, porque el silencio se corporiza sólo como rito, algo que sabía escenificar como pocos.  Kim Ki Duk no puede evitar el rito, el de ocupar subrepticiamente apartamentos habitados y vacíos, a través de la historia de un okupa nipón que utiliza el baño, la cama, la cocina y deja lavada la ropa de sus desconocidos anfitriones. Pero el rito silencioso de Bergman es deliberadamente depresivo, mientras que el silencio del okupa, apenas disipado por el golpe seco del palo de golf sobre la bola, es un silencio no ritual que provoca excitación duradera.

  

  

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