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Reo de nocturnidad

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Alfredo Bryce Echenique es uno de esos autores que se quedó de novelista menor – principio de clasificación opuesto al de Bolaño, según el cual todos los escritores son mayores -, por no decir de segunda línea. Un peruano con oficio, un narrador muy capaz, que tiene una virtud, la de narrar a velocidad de novela, con lentitud, con sosiego, dándose el tiempo de la construcción.

No hay tema despreciable, cualquiera en manos de un buen novelista es susceptible de convertirse en algo que se deje leer. Son dos, las clases de novelistas, los de tema y los de historia. Los primeros son los que se obsesionan con que su novela ilustre: la nostalgia del suramericano en el exilio, el tráfico de personas, el asesinato de mujeres, la crisis del Estado, la soledad urbana, el amor, la magia del Caribe, o la marginalidad de las tribus urbanas. Los segundos, se interesan por los hechos, los de un chileno en Alemania que huye de la dictadura, el desembarco en contenedor de un grupo de chinos en Nápoles que llegan muertos, el detective que sigue la pista del asesino de mujeres en Ciudad Juárez, los secretos hilos de poder de la Casa Kirtchner, el boxeador encerrado en una habitación que vigila a otro, en una habitación al otro lado de la calle, la historia feliz de dos que se encuentran al final de la vida, la historia de un santero que termina haciendo una huelga de hambre, o el asesinato de un grafitero en una gran ciudad.

No es fácil decir a cuál de los dos grupos pertenece  Bryce. Su historia emocionalmente hablando parece haber sido el motor de la novela, aunque podrían encontrarse acentos, ritornelos,   que sugerirían un grado de ilustración. Una vez tejida la historia, ella debe ser demostrativa de un tema, que no en todos los casos es evidente para el autor, mientras escribe. No hay que olvidar que es suramericano.

La novela pone en la escena a un triste profesor suramericano – Max - en la universidad de Montpellier, a donde ha llegado convaleciente, tras su aventura con Ornella, una mujer que conoce en un restaurante en el que ella le dice a Peter Ustinov: “Regrese a su mesa viejo inmundo, que aquí no la invitado nadie”. Una bandida encantadora, tramadora, timadora, desalmada, quien se hace acompañar de una sabandija llamada Oliver Sipriot. En ese ir de la primera dicha, los albores del enamoramiento hasta el abismo, se halla la parte brillante de la novela, contada en ágiles saltos temporales. Una construcción elegante de personajes, dotada de diálogos brillantes, salpicada de poesía y cuidadosamente sembrada de frases memorables.

Una vez termina la aventura con Ornella, en la que el sudaca pierde todo, sus calzones, y su amor propio, viéndose obligado a ir de convaleciente, como cualquier vulgar profesor, a enseñar literatura latinoamericana, que encima de todo enamora de su alumna. Es la parte opaca de la novela. Conserva la velocidad de novela pero el demonio de autor prevalece sobre el designio de los personajes. Hay un encoñamiento con su alumna, que le resta escena y luz a las otras sub-tramas, con personajes agraciados, a los que les faltó aire.

La novela, una vez desparece Ornella, reduce tensiones, se cotidianiza y pierde la atmósfera pegajosa y bien zurcida que se respira en el origen de la tragedia.          

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