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La industria Hemingway

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Ernest Miller Hemingway llegó por primera vez a La Habana en abril de 1928, a bordo del vapor inglés Orita. Iba con Paulina Pfeiffer. Venían de Francia y él tenía 28 años. Hacía tránsito a Cayo Hueso, a donde iba  a terminar su segunda novela, Adiós a las armas. No estuvo en la Habana más de 48 horas.

En 1932 Hemingway regresó a pescar el pez espada, algunos de cuyos ejemplares disecados, están colgados hoy en el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de la Habana. Luego será hasta su regreso de la guerra civil española, cuando tras una temporada en el quinto piso del hotel de Ambos Mundos, alquile y luego compre por 18.000 dólares, la finca Vigía en San Francisco de Paula, “a dos leguas y media de la Habana”, en donde vivirá por 22 años.

Hemingway abandonó Cuba, un año y medio después del triunfo de la revolución. En el antiguo aeropuerto de La Habana le dijo a Rodolfo Walsh, sin que él se lo estuviera preguntando “I´m not a yanky. You know”. Fue un año y medio antes de que se descerrajase un tiro en el fondo del paladar. 

Hoy, un poco más de cincuenta años después, del remoto  día en que Hemingway abandonó La Habana por última vez, sus nueve mil libros se conservan intactos en las limpias estanterías de Finca Vigía, dispersas en toda la casa, sus camisas militares, sus grandes botas de leñador, el registro de peso corporal en una pared del baño, escrito en lápiz. El Miró en el comedor, sus tres máquinas de escribir. Su Smith Corona en la torre junto a la casa, donde tenía el telescopio. Afuera en el patio, alrededor de la piscina, las tumbas de sus cuatro perros, con lápida y nombre, y al fondo, descansando para siempre su yate Pilar, traído de Key West.

El circuito Hemingway fue para mí el circuito de la nostalgia, una nostalgia de autor, que posiblemente no luzca nada bien en la atmósfera turística apresurada y mecánica, con que en Cuba se explota la historia del escritor.

El tour podría comenzar en El Floridita, haciéndose tomar una foto junto a la estatua broncínea de tamaño natural de Hemingway, situada en el rincón izquierdo del lugar, mientras el barman manipula cuatro botellas a la vez, sobre licuadoras donde el frappe, el ron, la azúcar y el limón, se encuentran en el instante de esa proporción mágica que da lugar al mejor daiquirí del mundo. El pequeño templo art decó, de “cortinas episcopales”, aire dorado donde la sutileza del claroscuro decadente, envuelve el aire entonado por un cuarteto habanero.

Luego iría uno, bajando por el Boulevard del Obispo, hasta el hotel de Ambos Mundos, donde se tomará la foto junto a la placa. Adentro ingresará al ascensor de reja que lo deja en el quinto piso. En el extremo, en un cuarto esquinero, sin número, con vista a la antigua catedral, la entrada del puerto y al Palacio de los Capitanes Generales, el cuarto donde Hemingway siempre se hospedó, antes de tener su casa. Para García Márquez, siempre será un enigma, por qué en la descripción que hizo Hemingway de la vista desde la habitación, no mencionó al último. En la habitación de 16 metros cuadrados está la cama, el pequeño escritorio negro, una biblioteca, y cuatro cañas de pescar. En la mitad, en urna de cristal, dentro de la cual está la máquina de escribir, sus gafas de entonces y dos páginas, una manuscrita de Por quién doblan las campanas y otra mecanografiada del Viejo y el mar.

Una vez en la calle y a menos de cuatro cuadras del hotel estaremos en el lugar donde iba a beberse el mohito, La bodeguita del medio, un antro reducido y sofocante donde se va a beber de pie. Un mostrador en ele de madera, junto a la estantería y a un lado las dedicatorias de los famosos, colgadas en la pared.

Y “dos leguas y media más allá” Cuba adentro, su casa, la única que tuvo, el lugar donde más vivió, donde escribió casi toda su obra y donde se le ocurrió que habiendo experimentado mucho tiempo en el cruce, había llegado a inventar una nueva raza cubana de gatos. 

 

 

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