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“Un orzuelo en el ojo del diablo”

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              Desde el año 863, el concilio de Aix-la-Chapelle ya admite que en los conventos se realizan abortos e infanticidios para tapar las travesuras de frailes licenciosos que no practican el celibato. “El celibato no es esencial para el sacerdocio; no es una ley promulgada por Jesucristo”. Dicho por Juan Pablo II en julio de 1993. San Pedro Apóstol, San Félix, San Hormidas y San Silverio, todos fueron papas, estuvieron casados, tuvieron hijos y además fueron santificados. En el siglo XV la mitad de lo curas estaban casados y eso no les impedía ejercer el ministerio ni evitaba que la gente los reconociera como pastores. 

               El altar mayor, las bóvedas en claroscuro, las pinturas santas. La catedral cerrada. Adentro tres muchachos y un cura. Es hora de la confesión oral, del arrepentimiento de la castidad, de las penitencias anales. Monseñor va a santificar a los parceritos, llamados y pagados por él. Aunque las cajas de limosna están cada vez más diezmadas, algo se consigue todavía con las misas diarias para las prestaciones del cuerpo.

       

 El invento del matrimonio, y por tanto la institucionalización de la monogamia, fue un recurso para saber exactamente de qué padre eran los hijos, herederos auténticos de la propiedad. El matrimonio se instituyó para preservar la propiedad, de generación en generación, para un mismo tronco familiar. La iglesia como pater familia del rebaño de crédulos, necesita asegurar que sus bienes se queden en la orden. Esa es la razón por la cual el celibato, a pesar de los escándalos históricos, se conserva como la más inhumana y aborrecible hipocresía. 

                  Los escándalos absolutamente inmorales desde el punto de vista del catolicismo, la práctica admitida de lo absolutamente prohibido, los biliosos recursos de la carne, que la Iglesia católica ya no puede tapar y que en menos de cincuenta años la habrán convertido en una secta antigua, la están mostrando al mundo como la auténtica puta de Babilonia. El falso celibato, el sacrificio taimado del cuerpo, la contra natura legislación canónica y los orzuelos que se le quisieron limpiar al diablo desde las sacristías, tienen que ver menos que con la intemporal imitación de Cristo, con un sucio y terrenal asunto de propiedad. 

             

               Ingmar Bergman, muerto hace un mes, puso éste epígrafe a su película, El Manantial de la doncella: “la castidad es un orzuelo en el ojo del diablo”.

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